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Mamirami

viernes, 9 de noviembre de 2012

Espesos recuerdos de hospital

El año pasado por estas mismas fechas, mi cachorro, con sólo un mes y medio, estaba ingresado en La Maternidad de Zaragoza, fueron unos días que recuerdo amargos y sobre todo de mucho miedo.

El peque ingresó el día 1 de Noviembre de 2011, llevaba varios días con bastante tos, ronco, se ahogaba al mamar, el pecho le sonaba fatal... fui a urgencias y al pediatra varias veces y me trataron de mamá histérica... hasta que el día 1, de nuevo en urgencias, la pediatra decidió que era buena idea dejarlo ingresado, pensaban que tenía tosferina, pues no estaba vacunado aún.

Yo me moría de miedo, cuando me trajeron el pijamita para ponérselo, me eché a llorar, me temblaba todo, me sentía fatal por mi peque y ni siquiera sabía si iba a poder quedarme con él, la idea de separarme de él me aterraba, por suerte, una celadora me vio y me dijo que uno de nosotros podía quedarse con él sin problemas día y noche ¡Menos mal!

Según llegué a la planta de infecciosos, donde mi nene pasaría los siguientes 10 días, las enfermeras de turno me lo arrebataron de los brazos y me mandaron a hacer papeleos, yo subía y baja escaleras pululando como pollo sin cabeza por el hospital, era de madrugada y no encontraba a nadie… Y pensaba en mi pobre cachorrete que de repente se encontraría con gente desconocida en un sitio desconocido, buscando a mamá…

Cuando volví, me metieron a la habitación, una habitación ENORME con una cuna y nada más, mi lugar de dormir para los días venideros era un sillón al que se podía inclinar el respaldo, y nada más… la cuna tenía dos barreras muy altas a ambos lados, ni siquiera podía dar la mano al peque desde el sillón para que supiera que mamá estaba allí… Y yo me pregunto, si tienen unas habitaciones tan grandes ¿No sería ideal adecuar la habitación para mamá y bebé y poner una cama para que ambos puedan colechar? Estoy segurísima que las recuperaciones serían mucho más rápidas, las familias estarían más cómodas (conocí casos de familiares que llevaban meses en esa planta… ¿Os imagináis meses durmiendo en sillones?)

Menos mal, que la primera noche, una enfermera, un amor por cierto, me enseñó un truco, poniendo una mantita doblada donde la barrera hacía tope, podía poner la barrera a la mitad y darle la mano al peque mientras dormía, - Quítalo por la mañana antes de que vengas mis compañeras, o nos reñirán – me dijo. Doy las gracias a aquella enfermera, pues sus labores iban mucho más allá de lo estrictamente profesional, me abrazó cuando lloré, me animó, me prometió que el nene se iba a poner bien… La doy infinitas gracias desde aquí, qué pena que el resto de sus compañeras no fuera igual…

Por la mañana, entraron las compañeras y me echaron literalmente de la habitación – Vamos a cambiar al niño y bañarle – me comentaron con voz seca y cortante - ¿Y no puedo hacerlo yo? – pregunté angustiada – No – contestaron secamente. Todas las mañanas el mismo ritual, ellas llegaban, yo me iba de la habitación, y al volver, el nene lloraba como una magdalena… Con lo que le gusta el agua –pensé- no es normal que llore así…

Los días transcurrieron lentos y espesos, el tiempo no pasa en los hospitales, se para, se vuelve rebelde, se niega a avanzar, es punzante y agobiante…
A la segunda noche le pusieron oxígeno, pero no me explicaron nada más, el enfermero más borde que me tocó con diferencia… temía las noches con él, era escueto y bastante borde, le jorobaba tener que ir cuando la máquina pitaba porque la saturación del peque bajaba… y nunca explicaba nada, era brusco y malhumorado…

Así se sucedieron los días, entre mascarillas, corticoides, suero... de vez en cuando, cuando la máquina pitaba, las enfermeras acudían a meter los aspiradores por la nariz y la boca del peque, pues se ahogaba entre tanto moco… Yo me tenía que salir de la habitación, era incapaz de soportarlo, aún hoy en día, me duele el recuerdo, y cuando llega a mi mente, lo desplazo de nuevo a un rincón oscuro y escondido. El día de la analítica fue el peor, pero no quiero recordarlo.

Por suerte, los días pasaron, el cultivo para la tosferina dio negativo, el diagnóstico quedó en bronquiolitis, y con algunos altibajos el cachorro fue mejorando y 10 días después nos fuimos a casa; yo llevaba tiempo bromeando con que el día 11 de Noviembre iba a tocarme la lotería, y mira por donde, tenía razón.

Así, el día 11 cargué a mi niño en el fular, me fui directa a comprarle un peluche que había visto días antes y se lo compré, quería tener un recuerdo del día que salíamos del hospital.

Sé que hay batallas mucho mayores, pero también es cierto que a cada madres le duele el sufrimiento de su hijo como el mayor de todos los males, y que cualquiera de nosotros se cambiaría por ellos para no tenerlos que ver malitos ni un solo momento.

También quiero decir, que la Maternidad de Zaragoza tiene mucho que aprender, al igual que otros muchos hospitales, a tratar con las familias, a ayudarnos en ese trance, a explicarnos, a consolarnos, a no separarnos de nuestros hijos y a facilitarnos conceptos clave como la lactancia y el colecho, sobre todo en estos momentos.

(Nota: Las fotos publicadas adjuntas a este post han sido eliminadas por movitvos de privacidad)

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