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Mamirami

viernes, 8 de noviembre de 2013

Hola no, mamá: Los niños y las relaciones sociales.


Es un hecho recurrente que mi hijo no quiera trato con gente que no es de su entorno, que no son conocidos, y rechace sin dudarlo a todos los que, siendo desconocidos para él, se le acercan e intentan entablar algún tipo de conexión con él.

Nunca le obligamos a ser cordial y "amable", ni a dar besos a quien él no quiere, ni a entablar relaciones que no le convencen ni le apetecen, consideramos que el hecho de que sea pequeño no es una razón para pasar por alto sus sentimientos y exponerlo a entablar unas relaciones forzosas que a él no le salen de dentro.

Es muy habitual que la gente que no pertenece a los círculos de seguridad de mi hijo comenten lo "malo" que es por no querer darles un beso, lo "bobo que es este niño" que no quiere hablarme, o, incluso, "lo estúpido que es por no querer saludarme", sí, así como lo cuento... Y yo siempre contesto "Si él no quiere no hay que obligarlo ni a dar besos, ni a contestar, ni siquiera a saludar".

Me encanta la personalidad arrolladora que tiene mi hijo y en absoluto quiero cambiarla. Si su decisión es que los extraños tengan que ganarse su confianza ¿Quién soy yo para obligarlo a lo contrario? Además ¿No estamos constantemente alertando de lo importante que es enseñar a los hijos a dudar de los extraños?

Desde mi punto de vista, es primordial no querer cambiar la personalidad de nuestros hijos, no forzarle a ser sociable y dejar que él mismo decida cuándo es el momento de dar un beso o regalar un "hola".

El hecho de que sean pequeños no implica que no tengan voz ni voto y que no puedan decidir cómo quieren establecer y gestionar sus propias relaciones sociales.

Cuando a mi hijo le saludan o le hablan extraños, él con su manita me gira la cara la cara para que le mire y me dice "Hola no, mamá" y yo le contesto: "Si no quieres decir hola, hijo, no lo hagas". Y aunque la otra persona nos mire con cara de "qué estúpidos" yo me siento muy orgullosa de que mi hijo, con tan sólo dos años, sepa y quiera gestionar sus relaciones sociales, y ¿qué queréis que os diga?, el hecho de que rechace a los extraños me da mucha tranquilidad.

Me gusta mucho la frase "El qué quiera peces, que se moje el culo" pues aquí es lo mismo, el que quiera un hola o un beso que se lo trabaje, que los niños, por el simple hecho de serlos, no están obligados a besar caras ajenas, a decir un "hola" forzado ni a contarle "cuántos añitos tiene".

Yo soy una persona que siempre saludo, no sirvo para retirar la palabra a nadie. Soy fan incondicional del "gracias" y del "por favor" y los utilizo siempre con una sonrisas, pero no quiero imponérselos a mi hijo, quiero que él mismo vaya aprendiéndolos por sí mismo, a su ritmo. No olvidemos que la mejor escuela es la del ejemplo.

¿Os imagináis dando besos a desconocidos? ¿Contándole lo bien que te ha ido en el trabajo a personas que no conocéis y con la que no habéis tenido trato anterior? ¿O teniendo que saludar a todo el que se acerque a ti? Pues eso.

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viernes, 25 de octubre de 2013

Un parón para reflexionar: menos "noes" y más "porqués"


Ayer leía en una revista que un niño oye de media 400 noes al día ¡400! y este dato me caló hondo, me paré a pensar y me di cuenta de una realidad: Yo soy una de esas madres que llegará a esa media, o estará muy cerca... 

No quiero ser una madre de no a todo, ni de los horribles "porque sí" o "porque yo lo digo" que tanto he odiado en mi niñez, creo que ha llegado el momento de coger aire y cambiar las tornas, si practico una crianza con apego, empática, en la que la opinión de mi hijo cuenta tanto como la de papá o la mía ¿Por qué utilizo el "no" como respuesta tantas veces al día?

Es obvio que si mi hijo quiere tocar el horno caliente o utilizar un cuchillo como juguete, no le voy a dejar, pero ¿Por qué no cambiar el "no" por "cuidado que el horno quema" o "jugar con un cuchillo no es una buena idea, mejor utiliza una cuchara de palo" (por ejemplo)?

Es muy importante darse cuenta de que tanto la personalidad como la autoestima de nuestros hijos está forjándose en estos momentos y que somos su ejemplo más directo y representativo. Todo lo que hacemos y decimos a nuestros hijos les queda registrado, son imitadores natos y están aprendiendo a cada segundo.

Haciendo gala de la crianza empática que practico con mi hijo, me pongo en su lugar y pienso ¿Cómo me sentiría si siempre, a todo lo que intento hacer, me contestarán con ese monosílabo tan socorrido? Creo que llegaría un momento en el que me sentiría frustrada, dolida y coartada, esa negatividad, aunque no lo veamos, pesa, pesa mucho.

Yo misma me he dado cuenta de que en ocasiones utilizo el "no" de forma muy egoísta, por ejemplo, cuando está sacando todos los juguetes y esparciéndolos por la casa justo antes de ir a dormir, ese "no", que en ese momento es firme y directo, no lo hago porque realmente piense que es peligroso, si no porque estoy cansada y no quiero ponerme a recoger. Y luego, me doy cuenta de que mi hijo ha hecho eso porque está buscando su peluche favorito para irse a la cama... y reflexiono ¿Es realmente tan importante la limpieza, el orden? ¿O es más importante que mi niño sea niño?

Nunca me cansaré de decir que la maternidad es un constante aprendizaje, un continuo pararse a tomar aire y pensar, reflexionar... y este ha sido uno de mis momentos de darme de cara con la madre que desde que me quedé embarazada sabía que no quería ser y de saber que es el momento de darle una vuelta de tuerca y cambiar.

Prometo menos "noes" y más "porqué", prometo recordar que eres un niño, que estás aprendiendo y que no quiero ser una madre de "por que sí, porque yo lo digo".

Recuerdo muchas veces el maravilloso texto de Jessica Gómez, el cual me apasiona y me sé de memoria, y procuro hacer resonar en mi cabeza tantas veces como puedo, porque es totalmente cierto: Tú serás madre toda tu vida, él sólo será niño una vez. No lo olvidemos.

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viernes, 9 de agosto de 2013

Feminismo y Maternidad ¿Incompatibles?

Foto: Raúl Hernández González
No me gusta nada cierta corriente feminista (que no todo el movimiento feminista en sí, ojo) que se empeña en la igualdad de hombre y mujeres cueste lo que cueste, que desprecia actos tan naturales como la lactancia o la crianza que, según dicha corriente, nos esclaviza y nos hace vulnerables, los identifica como lacras que arrastramos desde el inicio de los tiempos y nos aleja de la preciada libertad (masculinizada, por supuesto).

Estoy un poco harta de que se use la palabra retrógrada a las madres que no comulgamos con esta corriente, que, al menos para mí, lejos de progresista, mantiene a la mujer en un engranaje de obediencia y privada de una verdadera libertad.

Resulta que para ser progresista y colaborar con la verdadera y deseada liberalización de nuestro género una sólo tiene que hacer una cosa muy sencilla: Convertirse en un hombre.

¿En qué se traduce todo esto? En ideas claras y asentadas tales como que la maternidad es una esclavitud y la lactancia ya no digamos...  Así pues, la crianza con apego y el deseo de permanecer en casa junto a nuestros hijos sin trabajar (de forma temporal o definitiva), sólo nos convierte en retrógradas de pantuflas y rulos, que sólo quieren llevarle las zapatillas a su marido cuando llega de trabajar, hacer comidas y cenas, aguantar algún que otro improperio, decir a todo que sí. y asumir que somos un sexo inferior.

Pues señores y señoras, discrepo ¡Y mucho! 

¿Qué libertad estáis pidiendo cuando vosotras mismas nos estáis acusando y lapidando por nuestras formas de actuar? Un tanto incongruente ¿No?

Para mí, con respecto a la maternidad, el ensalzamiento real de la mujer supone dos cosas: 

1º. Libertad de elección y respeto: Si quiero quedarme en casa con mi hijo (de forma permanente o temporal) porque puedo permitírmelo, lo hago.

Si quiero o tengo que trabajar, tengo todo el derecho a pedir medidas conciliadoras que  me permitan mi ejercer mi doble papel.

2º. Empoderamiento de la mujer como tal y su género: En caso de querer ser madre, respeto a elegir tipo de crianza: Porque aunque esta corriente considere conceptos tales como el colecho, la lactancia o la crianza con apego propios de una sociedad machista misógina que sólo quiere tener a la mujer atada a las falta de su hogar, para mí, ser madres es una de las mayores exaltaciones de mi género: Poder gestar una vida, parirla, alimentarla con mi propio cuerpo y consolarla sólo con mi contacto ¡ Eso sí que es poder femenino !

Esta constante obsesión de igualarnos con el hombre nos has robado tiempo de crianza para con nuestros cachorros, tiempos que no son recuperables ni negociables. Nos ha hecho sentir culpables por querer quedarnos con nuestros hijos en lugar de salir corriendo a los 4 meses a seguir siendo parte activa del mercado laboral.

El verdadero machismo radica precisamente en eso, en querer guiarnos por el caminito sin dejarnos ser verdaderamente libres. Decir que hemos progresado me resulta irrisorio cuanto menos. ¿De verdad? Ahora no somos esclavas de la casa y de nuestros hijos ¡ No ! ¡ Mucho mejor ! Ahora trabajamos dentro y fuera de casa ¡ Menuda liberalización !

El verdadero empoderamiento femenino vendrá cuando DE VERDAD seamos LIBRES para DECIDIR. Cuando actos propios del género femenino como gestar, parir y lactar no sean vistos como lacras si no como virtudes únicas y maravillosas de nuestro sexo.

Soy una madre de teta, crianza con apego y colecho, y no, no soy una mujer abnegada que sólo vive por y para su marido (de hecho, no estoy casada legalmente). Me estoy labrando mi camino laboral para poder llegar a dedicarme a lo que verdaderamente me apasiona aunque eso no signifique que las medidas de conciliación de esta país me parezcan un chiste de mal gusto, y os aseguro que en mi casa no llevo rulos ni bata, las tareas se comparten a medias y mi género no resulta cuestionado nunca.

No sólo no quiero ser un  hombre, si no que estoy encantada de ser una mujer y de todo lo supone: lactancia y crianza incluida.

Porque, a todo esto, yo me pregunto ¿Querer igualarnos con el hombre no es lo más machista que habéis oído nunca? 

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